Día a día

Las dos caras de la vida humana: bodas y entierros

Hoy, 8 de septiembre, cuando celebramos la festividad del Nacimiento de la Virgen los pueblos de nuestra tierra, desde hace muchos siglos, se han vestido de gala para festejar que las cosechas ya están en los graneros y, sobre todo, para hacer un alto en el camino y que todos nos sintamos comunidad en la fiesta y en el ocio, en el compartir y en el vivir. Y este viernes septembrino, referencia en la cultura popular de las fiestas de la gratitud a la Virgen, yo he tenido que asistir a dos momentos importantes que marcan ese arco humano, tan sencillo como complejo, de la alegría y del dolor.

Al mediodía, cuando las campanas del Santuario del Pilar daban las doce, me ha tocado como concejal casar a un primo mío, Antonio, con Silvia, y festejar con una parte de la familia lo que supone de alegría este matrimonio, el que dos personas decidan compartir el tiempo, el color y el calor. Decidir que amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Han sido unos minutos intensos, llenos de alegría y de nervios, llenos de futuro. En familia, en la Casa de la Ciudad, hemos hablado de lo que eso significaba y, ante todo, de lo que eso suponía para los dos. Y los hemos despedido, con el calor de nuestra mejor sonrisa, deseándoles «que la generosidad inunde vuestras manos y vuestros ojos. Que la vida os sea próspera y que seáis felices. Que todos nosotros podamos compartirlo y que ese sentimiento comience a ser realidad cuando ahora salgáis de esta Casa de la mano, de la mano de vuestro amor».

Y concluida la ceremonia, firmados los papeles que demanda el registro, hemos salido a la Plaza de las Catedrales y he comenzado un corto paseo que me ha llevado a la Iglesia de Santa Isabel, ese escenario cargado de historia en el que descansan algunos prohombres del viejo reino y en el que la Semana Santa se ha hecho paisaje de emoción entrecortada y de esperanza de primaveras, de la mano de la Hermandad de la Sangre de Cristo que -sin duda- es uno de los verdaderos referentes históricos de la generosidad zaragozana. El escenario era otro y otros eran los rostros que allí habían acudido a rendir memoria a un hombre que se nos ha ido, a Gonzalo García-Belenguer. La homilía ha sido preciosa, sencilla y sentida, llena de referencias humanas, de recuerdos de cosas cotidianas porque lo mejor de la vida lo construimos en el día a día, a pie de calle, con los amigos, con los que comparten nuestro escenario vital, en las cosas sin importancia.

Pero, como en la boda, la palabra que ha construido el homenaje a la memoria de nuestro buen amigo ha sido la del amor. Y he pensado que esa entrega generosa que él supo hacer realidad, esa pasión por ser útil a los demás, esa decisión de ver todo con los ojos del afecto, es lo mejor que puede guiar nuestros amaneceres y nuestros atardeceres.

Hoy, desde la boda al funeral, he descubierto que, en el amanecer de una nueva andadura o cuando se pone el sol de la vida, cobra una importancia extraordinaria el sabernos seres generosos, cercanos, amables y sinceros. Y, por eso, permitidme que cierre con una idea que me parece muy poderosa: el amor que regalamos es el único amor que conservamos.