Junto a la novela de Agustín Sánchez Vidal, profesor de nuestra Universidad, y a otras novelas históricas de ambiente medieval -incluso con espías y asesinos, venenos y monjes detectives- también he dedicado tiempo a ir leyendo, en esa paz del atardecer de las tierras del Huerva, en la que el cielo estaba limpio con ese cierzo del Moncayo que nos ha convertido algunos días agosteños en pre-otoñales, un libro que me regaló Isabel Guerra, la famosa monja pintora. En esas páginas de reflexión, compartidas por esta creadora genial, se va haciendo lo que esta benedictina ha bautizado como “El libro de la paz interior” y que se organiza con mensajes y reproducciones de sus pinturas. En cada línea de su libro y en cada imagen de su pintura está ese sueño por la luz, la búsqueda de la paz, el mensaje de tolerancia que ella quiere plasmar en cada pincelada, en cada trazo.
Como apunté en el discurso de contestación -que me tocó el honor de hacer en nombre de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis-, con ocasión de su nombramiento como Académica de Honor, estoy convencido que esta monja, además de una excepcional pintora (lo que piensan incluso los que la critican por la envidia y el papanatismo de no tolerar que sea monja), es una gran comunicadora. Su paz sale de su mirada limpia y bondadosa, de su fragilidad física y de su grandeza intelectual. Y este mundo está muy necesitado de paz, de tolerancia, de convivencia, de afecto, a todos los niveles y en todos los rincones.
Por eso, está bien leer algunas meditaciones de la monja pintora, leer cómo anuncia la llegada de la luz “para hacer nuevas todas las cosas”, cuando dice que “seremos los habitantes de una ciudad sin noche, donde ya no será necesario mantener nuestra lámpara encendida”. Al final de todo, invita a “lanzarse ya a recorrer, sin temor ni nostalgia, el camino de la eterna novedad; un camino hecho en la arena de la nada, sin huellas ni senderos”.
Y, debe tener razón, en estos inicios del siglo XXI debemos saber descubrir que hay una nueva apuesta por el camino de la eterna novedad: el camino que nos lleva a trabajar y luchar por las personas. Y es que los seres humanos es quizás el destino de nuestros afanes, como cristianos y como ciudadanos, la razón más importante para nuestros sueños de construir un mundo más justo y feliz.
Disfruten, mientras tanto, con esa reproducción de dos obras suyas: donde dos jóvenes sueñan un mundo mejor acariciadas por la brisa del Universo, engrandecidas en la Luz que da razón a todo.