He acabado de leerme el número de junio de la revista “Aragón turístico y monumental”, que es obra de algunos buenos amigos que configuran el SIPA, y tengo que deciros que he pasado buenos y malos ratos descubriendo perfiles de esta tierra aragonesa, conociendo el abandono de algunos lugares, sabiendo de tantas posibilidades sin explotar… Es apasionante el conocimiento que te aporta esta revista, que os aconsejo leer, y sobre todo es beneficioso el interés que te trasmite por conocer las cosas en su escenario original.
Hoy, quiero destacar uno de sus artículos, escrito -por el entrañable y apreciado bibliotecario Javier Delgado– en defensa de los árboles de la ciudad, “síntoma y señal de la calidad de vida, del confort vital del que gozamos sus habitantes”. Cuando el Ayuntamiento de Zaragoza no tiene reparo en romper, derribar y arrancar cientos de árboles en diferentes lugares de la ciudad, es bueno leer las reflexiones de este docto humanista zaragozano recordándonos que con los árboles no hay que coexistir, hay que convivir, hay que ver y escuchar ese regalo permanente que nos hacen de estética, de disfrute, de paz, de salud; en suma de equilibrio físico y mental.
Y, para concluir, pasen páginas y acudan al artículo de Parra glosando el libro de Emilio Pérez sobre ”Imágenes forestales en el paisaje aragonés”, donde explica que el árbol es el símbolo de la regeneración de un país y que en Aragón apostaron por la repoblación forestal los ilustrados y los regeneracionistas, con Costa a la cabeza.
Leyendo la revista “Aragón”, la imagen del concejal Gaspar “el leñador” y del alcalde Belloch “el consentidor” adquiere todo el tinte de esa España arboricida, bruta e inculta, que nunca nos gustaría que volviera.