El diario El Mundo publica hoy domingo una magnifica “Carta del director”, en la cual Pedro J. Ramírez se nos confirma como uno de los analistas más lúcidos y brillantes del momento.
En esta carta editorial, se dedica a recordar la andadura del duque de Orleáns, de Luis Felipe II, primo de Luis XVI y nieto del regente de Francia, comparándola sutilmente con la de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno socialista de España. Es sencillo de establecer el paralelismo entre ambos personajes, mucho mejor después de ir conociendo las claves que aporta Pedro J. Ramírez. Sin duda, es una gozada poder leer este meditado trabajo, cosa que yo aconsejo a todos los que quieran alcanzar la visión más acertada que se pueda dar de este momento histórico en el que el presidente del gobierno ha roto el Estado de derecho.
En dos palabras. El duque de Orleáns, al estallar la Revolución francesa, se puso del lado de los revolucionarios y apoyó todas las peticiones que éstos hicieron, alegando que era para controlar la situación y salvar la vida del rey de Francia Luis XVI. Pero, al llegar el momento de votar la muerte de su primo el rey, el noble, entregado en manos de los revolucionarios, decidió traicionar su palabra, su fidelidad y su lealtad, y apoyó la muerte del monarca alegando que no había otro remedio. Esta traición, esta indignidad, esperaba que le valiera de seguro para salvarse él, pero al final los revolucionarios -que no se fiaban del hombre que había traicionado el estado monárquico al que servía- decidieron acabar con él y lo guillotinaron en noviembre de 1793, diez meses después de que él traicionara a su primo el rey de Francia. Cuando lo apresaron estaba con un viejo amigo, al que preguntó si entendía lo que pasaba. Y éste, hombre de la calle al fin, le explicó que era lo que tenía que pasar. Los revolucionarios sanguinarios ya habían logrado de él todo lo que podían esperar y ya no era necesario. Es decir, lo mismo que su amigo hacía con un limón después de exprimirlo: tirarlo a la basura.
Cuando decapitan al duque de Orleáns, los revolucionarios ya no podían esperar de él nada más: había entregado el estado monárquico, había facilitado el asalto a la ley imperante, había votado la muerte del rey, había abandonado a todos los suyos, se había entregado en manos de los revolucionarios… Sólo era ya un testigo de la traición más indigna y brutal que un hombre puede hacer. Sólo era un testigo de cómo se había asaltado un mundo para destruirlo desde la felonía y el compincheo. Era el gran traidor, aunque el se creía el gran salvador, el heraldo de la paz.
Tenía 46 años, los mismos que ahora tiene el presidente Rodríguez Zapatero, el hombre que está entregando el Estado a una banda de asesinos y que, en su puerilidad, aún cree que a los traidores deben concederse los laureles de los hombres que hacen la paz. En Roma, desde luego, no era así porque nunca pagó a los traidores. Y tampoco será así en la España de hoy, como deja bien claro esta reflexión de uno de los periodistas más brillantes que tenemos.